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domingo, 12 de junio de 2011

Semprún, clandestinidad y sociología

Hemingway no quería periodistas en su entorno. Domingo me había presentado bajo uno de mis falsos apellidos de la clandestinidad: Larrea. Me hubiera gustado explicarle a Hemingway por qué había elegido ese nombre falso. Era bastante literario, le habría divertido. Pero no podía decirle que era un nombre falso, desde luego. Domingo había dicho que yo era sociólogo, que estaba preparando las oposiciones a una cátedra en la universidad de Madrid.
Pero no debía tener aires de sociólogo, o tal vez Hemingway desconfiara tanto de los sociólogos como de los periodistas. En todo caso, no parecía tranquilizarle que fuera sociólogo. Me miraba con aire circunspecto. Hasta el momento en que le hice reir recordándole la definición de sociología de José Bergamín: "Una ciencia vaga sin domicilio reconocido".



Jorge Semprún, Federico Sánchez se despide de ustedes, Tusquets, 1993

domingo, 11 de abril de 2010

Durkheim, Weber, Töennies y el inspector Fabel

Curiosidad hallada en la novela de Craig Russell El señor del carnaval, cuarta de la serie protagonizada por el inspector Jan Fabel, de la policía de Hamburgo.
Por cierto: premio a quien identifique esa supuesta Tesis sobre la normalidad del delito de Durkheim. ¿Qué cuál es el premio? Un libro. Va en serio.


Timo encontró el libro tirado en un contenedor cerca de la universidad, detrás de una casa que estaban reformando. Era un libro académico, un ejemplar viejo,y en la cubierta había roña del contenedor, pero era parecido al que tenía, el que había vendido junto a tantas otras de sus pertenencias. Se lo leyó por primera vez cuando todavía estudiaba filosofía en la Universidad de Hamburgo. Era Las reglas del método sociológico, de Émile Durkheim: un tratado sobre el orden social y la necesidad de estructuras y formas para guiar el comportamiento. Durkheim estaba considerado el padre de la socología, pero Timo pensó con ironía que habria sido mucho más adecuado, teniendo en cuenta su situación actual, que se hubiera encontrado su siguiente obra: Tesis sobre la normalidad del delito.
Timo se estremeció dentro de su poco apropiada cazadora y se apoyó en la pared, mientras miraba hacia la tienda que había al otro lado de la calle. Empezaba a oscurecer y las luces del establecimiento se encendieron, convirtiendo sus escaparates en cálidas brasas en la noche de enero. Timo trató de leer una página más, pero la luz era demasiado escasa. Suspiró. Aquel libro era un fragmento de su pasado que había caído en su presente de forma inesperada y espontánea. Mirarlo le dolía: era un recuerdo de una época en la que tuvo esperanza, en que su mente era aguda, clara y organizada. Un tiempopasado. Como para devolverlo a la realidad de su vida actual, el dolor persistente de sus intestinos se agudizó y los temblores que le retorcían el cuerpo dejaron de ser provocados sólo por el frío del anochecer. Cerró el libro. No se lo podía llevar, pero no quería dejarlo atrás. No quería dejar su pasado atrás.

Max Weber, Ferdinand Tönnies y Émile Durkheim habían sido el centro de los estudios de Timo. La teoría del monopolio de la violencia por parte del Estado de Max Weber había sido la base de su tesis. O, al menos, de la tesis que empezó.
La tienda estaba demasiado llena de clientes, tendría que esperar. El frío parecía penetrarle por la carne y calarlo hasta los huesos. La hipótesis de Weber era que sólo los órganos del Estado, la Policía y el Ejército, han de tener derecho a utilizar la fuerza física; de lo contrario, la anarquía reinaría y el Estado sería insostenible. Timo habá planeado postular, en su tesis, que un monopolio tal también podría resultar destructivo para la nación, como en el caso de los nazis.
Un hombre con traje y corbata salió de la tienda, hablando por el móvil, seguido de una pareja mayor. El dolor y la ansiedad que ardían en los intestinos de Timo se agudizaron. Metió la mano en el bolsillo de su cazadora y apretó los dedos alrededor del acero frío y duro.
Timo también había concebido que su tesis compensara este argumento con una discusión sobre Estados Unidos, donde la Constitución permite expresamente a los ciudadanos llevar armas y, por tanto, disponer de un medio de fuerza física independiente; denegando en consecuencia al Estado el monopolio de la misma. En cambio, Estados Unidos existía y era una nación próspera.
Miró al otro lado de la calle. Un coche aparcó y una mujer entró corriendo en la tienda. Al cabo de unos momentos volvió a salir con una bolsa y se marcó en el coche. Timo sintió una punzada de algo distinto a la ansiedad de su cuerpo: era su tristeza, su duelo por su yo pasado, el estudiante de filosofía de ojos claros, disciplinado y organizado, que tenía el mundo a sus pies. Pero eso había pasado. Eso fue antes de las drogas.
Salió de la sombra de la esquina, con los estrechos hombros encogidos para protegerse del frío, y avanzó hacia la tienda mientras con los dedos sostenía con fuerza la pistola de su bolsillo.

domingo, 17 de enero de 2010

Un borracho que resulta ser profesor de Sociología


Van a parar al mismo bar al que fue con Pete, pero los estudiantes ya han vuelto: un local abarrotado y ruidoso [...]
Un borracho grita a los altavoces: "¡Esa es mi Maria!". Es el mismo borracho.
- El payaso ese estaba aquí cuando vine a tomar algo con Pete.
- Siempre está aquí.
- Está bastante mal.
- Dicen que era profesor de Sociología.
- Estás de coña.
- Eso dicen [...]
"¡Ooooh, Mama -grita el borracho-, Maria!"
- Ése no es profesor de Sociología.
- Voy a preguntárselo -dice Sam. Se levanta. Charles fija la vista al frente, por si hay pelea. No quiere meterse en nada. Si Sam no se hubiera levantado tan deprisa, podría haberlo disuadido.
- Sí que lo es -dice Sam sentándose otra vez.
- ¿Se lo preguntaste de verdad? ¿Qué dijo?
- Dijo "Sí".
- Dios.
Charles se sirve más cerveza.
- Y después, ¿qué dijiste? No le preguntarías y luego te marcharías, ¿verdad?
- Le dije: "Este semestre no dará clases de primer ciclo, ¿verdad?", y me dijo que no.
- ¿Y si te hubiera dicho que sí?
- No sé, se me habría ocurrido algo.