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martes, 20 de septiembre de 2016

viernes, 19 de marzo de 2010

¿De qué clase de clase media hablamos?

EL PAÍS publicaba ayer un amplio reportaje en el que, bajo el título de "¡Burgueses del mundo, uníos!", se reflexionaba a propósito del crecimiento "a un ritmo de vértigo" de las clases medias en los países emergentes. La fuente principal del reportaj es el trabajo de Homi Kharas The emerging middle class in developing countries, publicado en enero de 2010 por la OCDE. El reportaje comienza así:

"La expansión de las clases medias en los países emergentes avanza a un ritmo vertiginoso. El crecimiento económico sostenido de muchos países muy poblados está impulsando el ascenso social de grandes masas. Más de 1.840 millones de personas viven ya en hogares con una renta por habitante de entre 10 y 100 dólares al día, según un estudio publicado recientemente por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). En 2000, eran 1.360, sólo 140 millones más que en 1992, aclara Homi Kharas, economista autor del estudio. Utilizando otros parámetros, algunos analistas calculan que la mitad de la población mundial pertenece a la clase media. Los datos difieren según el criterio elegido, pero nadie discute la tremenda aceleración del avance burgués en la última década".

Contrasta este planteamiento con el análisis que Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi hacen en su libro El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste (Lengua de Trapo, 2007). Bernabé Sarabia ha publicado una amplia reseña del mismo en EL CULTURAL.

Contrasta también con la preocupación que, particularmente en el espacio francés, se viene manifestando por el desclasamiento de los jóvenes licenciados, de los hijos de la democratización.




El sociólogo Camille Peugny, autor de una investigación sobre este fenómeno, lo explica así:

"La generación del baby-boom, es decir los nacidos en la postguerra, es la de las trayectorias sociales ascendentes. En los años 1960, esta tendencia se invierte, y después la situación no ha cesado de degradarse. Las razones de este fenómeno son diferentes. Los trabajadores nacidos después de la guerra han llegado al mercado de trabajo en plena euforia de los Treinta Gloriosos, en el momento del crecimiento y de la terciarización de la economía. La generación siguiente llega a la madurez en los años 1980, golpeados por la aparición del paro de masas. Pero hay otra razón, más profunda, que tiene que ver con la transformación del capitalismo.
Los años de la postguerra han visto constituirse un compromiso social más bien favorable a los trabajadores. Desde los años 1970 y con la aparición de lo se ha llamado “capitalismo financiero” o “mundializado”, la situación del trabajador se ha transformado radicalmente. El economista Daniel Cohen da un ejemplo muy clarificador de ello. Según él, en un par de zapatos vendidos actualmente a 47 euros, 1,33 euros van a los trabajadores. Quedan 22 euros que sirven para pagar la concepción, los 23 euros restantes financian la distribución del objeto. Se ve claramente que la fase de producción ha llegado a ser accesoria. Son los trabajadores quienes pagan los platos rotos de esta nueva situación"
.

Sin obviar la difícil medición del desclasamiento, el hecho es que en nuestras sociedades el tradicional imaginario del ascensor -modelo de la movilidad social ascendente como aspiración universal- ha sido sustituido desde hace dos décadas por el amenazador imaginario del tobogán por el que temen deslizarse quienes se sienten vulnerables y precarios.

Por todo lo dicho, sorprende el tono fukuyamista del reportaje de EL PAÍS. Máxime cuando, más allá del debate sobre la caracterización de esas clases medias en términos objetivos, no está en absoluto claro el apoyo que estas clases medias emergentes prestan a la democracia. Lo advertía en el mismo diario Lluis Bassets:

"Las clases medias europeas y americanas han demostrado que donde mejor crecen es en régimen de libertad y democracia. Pero no significa que la libertad y la democracia sean el abono imprescindible para su expansión. En España conocemos de primera mano la expansión de las clases medias en dictadura. Gracias a la dictadura, dirán los escépticos en materia de libertades. A pesar de la dictadura, responderán los liberales. No es una reflexión historicista: vale para el mayor vivero de clases medias de la historia que es China. Y trasciende el marco chino.
El mundo se está desoccidentalizando a marchas forzadas, según expresión de Javier Solana, utilizada hace pocos días en Barcelona, en su primera conferencia como presidente del Centro para la Economía Global y la Geopolítica de ESADE. Y nos estamos conformando ya al desplazamiento de su centro de gravedad. El problema es saber si nos vamos a conformar también a que nuestros valores queden diluidos o devaluados. De cómo encaren las clases medias chinas, indias y brasileñas su relación con las libertades individuales y la democracia parlamentaria dependerá en buena parte el futuro de las libertades y de la democracia en el mundo. Nada menos"
.

En esto coincide con los ya citados Gaggi y Narduzzi, que al final de su libro escriben:

"Frente a una sociedad "desclasificada" todavía más fluida, y, por lo tanto, más influible por propuestas políticas radicales, este problema de la gobernabildad se plantea de manera más viva. El riesgo es que, a falta de una propuesta política clara, un porcentaje relevante del cuerpo electoral acabe por escuchar las sirenas de los líderes "populistas" que proponen responder a la complejidad de los problemas con recetas proteccionistas simples pero inaplicables, con la xenofobia, con la tendencia a echarles a los demás -China, los emigrantes, las instituciones europeas, el euro- las culpas de nuestros problemas".


Nuevas clases medias emergentes allá, viejas clases medias desclasadas acá, el populismo reaccionario parece gozar de excelentes oportunidades para brotar y enraizar.

Una llamada de atención a la política progresista. Otra más.

miércoles, 14 de octubre de 2009

El Antiguo Régimen, de nuevo

Sarkozy funda dinastía política
El segundo hijo del presidente francés, todavía estudiante, se postula para dirigir una multimillonaria agencia estatal [EL CORREO].

«Lo que cuenta en Francia no es nacer en una familia adinerada, sino haber trabajado duro y haber probado tu valor mediante tus estudios y tu labor» [Sarkozy].
¿Seguro?

Si pensamos en cuáles son las variables que mejor pueden explicar las probabilidades de que hoy alguien disfrute de una exitosa inserción laboral, junto a muchas variables intervinientes (tales como el sexo o el nivel de formación, que influyen, pero no modifican la relación de causalidad), encontraremos dos variables independientes fundamentales: a) el año de nacimiento; y b) la inclusión en un entramado de redes familiares y sociales potente.
¿Por qué dar importancia al año de nacimiento? Recordemos lo que señalaba en un interesante reportaje sobre los denominados mileuristas Luis Garrido, catedrático de Sociología de la UNED:

"Cuando yo, que nací en 1956, estudiaba, sólo el 10% de los jóvenes, la inmensa mayoría chicos, conseguía una licenciatura universitaria. Esta claro que ese 10% copó los puestos de élite de esta generación, la del 68, que arrasó. Y que mis coetáneos vimos que estudiando en la Universidad se llegaba lejos y se lo transmitió a sus hijos.
A partir de los ochenta, el porcentaje de estudiantes universitarios se multiplicó, sobrepasando el 30% y sumando a las mujeres, que se incorporaron de forma masiva. Se produjo un vuelco educativo tremendo, incomparable a cualquier otro país europeo. Y no ha habido puestos buenos para todos. Por mucho que queramos, no hay. Y se ha creado número indeterminado de jóvenes frustrados, con una larga trayectoria estudiantil, que no ha rendido, que no ha ganado lo suficiente".[1]

Nada de lo que en estos momentos se dice sobre las vías para acceder al empleo puede aplicarse a los carreras laborales de quienes hemos nacido antes de 1965 y hemos desarrollado toda nuestra vida laboral bajo la norma social del empleo estable. Por eso deberíamos guardarnos mucho de dar según qué consejos a los jóvenes.
¿Y las redes? Refiriéndose al caso de los Estados Unidos, Paul Krugman denuncia la creciente consolidación en ese país de un fenómeno alarmante: “el regreso a la posición social heredada”.[2] Frente al mito ampliamente extendido de la movilidad social norteamericana (eso de que un humilde portero puede llegar a ser presidente de los Estados Unidos), resulta que ese país se caracteriza por tener una distribución de rentas más estática a lo largo de las generaciones y, por lo tanto, menos oportunidades para progresar, que ningún otro país desarrollado. Las fortunas conseguidas muchos años atrás (“a partir de la explotación o el robo de terceros” apuntilla Krugman) siguen siendo fundamentales para explicar una estructura social enormemente desigual. A la vez que la vía fundamental para la movilidad social ascendente –un buen sistema educativo de acceso universal- ha ido deteriorándose, las posibilidades para la transmisión de privilegios no ha hecho más que reforzarse. ¿Cómo? Mediante la derogación del impuesto de sucesiones, por ejemplo. O mediante redes de influencia, enchufe y cooptación que acaban por configurar auténticas castas económicas, políticas y hasta culturales, en las que los hijos afortunados heredan la posición social de sus padres, más allá de toda prueba de capacidad o mérito. Como señala Krugman:

"Hace treinta años, el ejecutivo jefe de una gran compañía era un burócrata con un buen sueldo, pero no un rico auténtico. No podía legar a sus herederos ni su posición ni una gran fortuna. Los imperiales ejecutivos jefe de hoy, por el contrario, dejarán grandes herencias tras de sí y, además, a menudo también están en situación de conseguirles a sus hijos algún empleo lucrativo".

De ahí la fina ironía con la que Krugman resume su planteamiento: “Estados Unidos es, como todos sabemos, la tierra de las oportunidades. El éxito de una persona depende de su propia capacidad y de su empuje, no de lo que fue su padre. No tiene más que preguntárselo a los hermanos Bush”. En definitiva, “las tendencias políticas, sociales y económicas otorgarán a lo hijos de los que hoy son ricos una inmensa ventaja sobre los que han elegido mal a sus padres”.
Class matters, “la clase importa”, y mucho. Lo demuestra un excelente trabajo de investigación impulsado en 2005 por The New York Times.[3] Como en los tiempos en los que la herencia constituía el hecho dominante en las vidas de las personas, las posiciones sociales vuelven a ser posesiones.[4] Las más preciadas posesiones. ¿Qué queda, en estas circunstancias, del discurso igualitario, central en nuestras sociedades democráticas?

[1] JIMÉNEZ, A. La generación de los mil euros. El País, suplemento Domingo, 23/10/2005.
[2] KRUGMAN, Paul. El gran engaño. Barcelona: Crítica, 2004.
[3] CORRESPONDENTS OF THE NEW YORK TIMES. Class Matters. New York: Henry Holt.
[4] SENNETT, Richard. The Culture of the New Capitalism. New Haven & London: Yale University Press, 2006.